Mitos sobre la agresividad canina

Existen varios mitos en torno a la agresividad canina y es normal haber caído en ellos en algún momento, cuando intentábamos comprender mejor el comportamiento de un perro en concreto.

Aunque por lo general se dice que el perro es el «mejor amigo del hombre» dada su gran capacidad de empatía y sociabilidad, no son pocas las creencias que siguen etiquetando a ciertas razas como «agresivas» por cuestiones meramente genéticas.

En líneas generales, se entiende por agresividad canina la predisposición de un perro para atacar, ya sea a otro animal o al propio ser humano. Los ladridos, gruñidos, la intención de morder o determinados gestos como el de enseñar los dientes anticipan la actitud amenazante de un can.

En la mayoría de casos esta mala conducta surge como respuesta a una represalia, aunque también puede darse sin una provocación previa.

El origen de la agresividad canina

El gran mito sobre este tipo de comportamiento violento es el que vincula su presencia a determinadas razas de perro, de forma que atribuye a la genética toda la responsabilidad de un mal acto.

Ante este prejuicio arraigado sobre razas como el rottweiler, el pitbull terrier o el doberman, lacomunidad científica ha evidenciado el peso del entorno y los métodos de crianza en el desarrollo conductual del animal.

Una muestra de ello, es la del pastor alemán o incluso el propio pitbull, usados como perros de Servicio Policial en contraposición de las frecuentes mordeduras de chihuahuas, pomeranias o Yorkshire terriers.

Los chihuahuas pueden ser perros agresivos.

De esta forma, aunque haya razas que tradicionalmente hayan sido criadas con objeto de proteger frente a otras con una función puramente acompañante, serán el temperamento individual y la educación del can lo que terminen por definir su comportamiento.

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Así, se puede afirmar que la mayoría de ataques producidos por las denominadas razas peligrosas se deben a perros cuya capacidad de ataque se ha visto reforzada, en detrimento de su socialización.

Otro mito conocido es el que asocia la agresividad canina con la actitud de dominancia. Ante ello, zoólogos y etólogos coinciden en que los perros entienden claramente la diferencia existente entre ellos y los humanos. Además, llegan a comprender nuestro lenguaje corporal y el resto de órdenes, sintiéndose desconcertados cuando son imitados.

Por ello, que un perro no actúe acorde a una mandato no supone que se sienta superior a su dueño. Lo más probable, será que no lo entienda o que no quiera acatarlo, como ocurre en cualquier proceso educativo.

¿Cómo prevenir una actitud violenta?

A la hora de adquirir un perro, una de las responsabilidades más importantes de los propietarios será la adecuada educación del animal. Esta tarea será especialmente determinante en la etapa cachorra, aproximadamente durante los seis primeros meses.

En este momento, a medida que el can vaya acostumbrándose a su nuevo entorno, se deberá incluir la relación con personas, animales e incluso espacios ajenos.

Por otra parte, durante los meses de crecimiento de los dientes el animal tenderá a morder. Estas conductas no deben ser reforzadas, pues podrían convertirse en un hábito no deseado en la adultez. De la misma manera, la represión de estos actos debe evitar castigos violentos, como gritos o azotes.

Un perro bien adiestrado no tiene por qué ser agresivo.

Cuando la enseñanza doméstica sea infructuosa, debe acudirse a un entrenador canino cuanto antes. Cuanto más se retrase la ayuda, mayor será la complejidad para cambiar un hábito no deseado, pudiendo incluso incrementarse ante las duras reprimendas de dueños frustrados.

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En general, el actual éxito de la relación entre perros y humanos es el resultado de un largo proceso de domesticación. Por ello, potenciar las buenas conductas, en un entorno acogedor, afectivo y disciplinado, será, en la mayoría de los casos, garantía de éxito en la convivencia con el can.

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